Que La Sílfide y el Escocés regrese al Palacio de Bellas Artes no es solo un acontecimiento cultural. Es también una oportunidad para preguntarnos qué relatos seguimos celebrando.
La sílfide —esa criatura etérea, bella, inasible— es descrita como “un espíritu libre”. Pero la historia es clara: por ejercer su libertad, por irrumpir en un orden establecido, termina castigada. Muere.
El ballet romántico del siglo XIX no fue inocente. Surgió en un contexto que idealizaba a la mujer como musa, fantasma o sacrificio. La sílfide no es una mujer con agencia plena: es una fantasía masculina. No pertenece al mundo real, no tiene comunidad, no tiene voz. Es deseo y es condena.
Mientras tanto, la prometida abandonada —Effie— representa el orden social. La que debe aceptar, esperar, sostener. Dos modelos femeninos opuestos, ambos definidos por la mirada masculina.
Hoy, en pleno 2026, la institución cultural afirma que la obra permite “releer nuestra realidad”. La pregunta es: ¿estamos dispuestas a hacer esa relectura de verdad?
Porque la historia no es solo romántica. Es aleccionadora: La mujer que desobedece, muere. La que se queda, sobrevive.
En tiempos donde las mujeres aún enfrentan violencia por ejercer autonomía —sobre su cuerpo, su deseo, su destino— la sílfide sigue siendo incómodamente actual.
Celebrar el clásico implica también desmontarlo. Aplaudir la belleza no puede significar ignorar la estructura que la sostiene.
Si el arte es espejo, entonces miremos completo el reflejo.

