Además de poner en peligro de extinción a todo tipo de fauna, el fenómeno atenta contra la seguridad alimentaria humana, pues debido al estrés calórico, las especies destinadas a nuestro consumo cada vez producen menos crías, carne y leche, indica Hugo Toledo, investigador de la FMVZ de la UNAM
Omar Páramo
Hace una década, la comunidad científica llegó a un consenso: si la temperatura del planeta se eleva 1.5 grados Celsius por encima de la media registrada justo antes de la revolución industrial (mediados del siglo XVIII), todos los ecosistemas alcanzarán un punto de degradación sin retorno. Según la Organización Meteorológica Mundial, entre 2023 y 2025 se observó un aumento de 1.48 °C, lo que nos pone a un paso de cruzar aquel límite establecido en 2015, en París.
Es un hecho: el orbe se calienta y, aunque mucho se menciona el deshielo de los polos o el blanqueamiento de corales, una consecuencia mucho menos conocida es la merma que esto provoca en la capacidad reproductiva de la fauna, advierte el profesor Hugo O. Toledo Alvarado, investigador experto en genética y mejoramiento animal de la Facultad de Medicina Veterinaria y Zootecnia (FMVZ) de la UNAM.
“Ello se debe a que, en la actualidad, los animales se ven sometidos a episodios de estrés calórico cada vez más largos, y si bien casi todos pueden aclimatarse más o menos rápido (es decir, regular su cuerpo para contrarrestar el calor de forma temporal), su adaptación (cambios genéticos para sobrevivir de forma eficiente a una condición estresante) es lenta, lo cual hace que cada vez les sea más difícil alcanzar el confort requerido para procrear y asegurar la pervivencia de su especie”.
Un ejemplo son las tortugas golfinas, reptiles que desovan en playas cuya arena, con cada vez más frecuencia, se calienta a niveles que hace a sus huevos inviables y que, además, provoca que los pocos que eclosionan den pie casi siempre a hembras (ya que, en vez de por cromosomas, los embriones se decantan por un sexo u otro mediante termosensibilidad).
El problema —expone el integrante del Departamento de Genética y Estadística de la FMVZ— es que la temperatura está aumentando más rápido de lo que los animales pueden adaptarse y eso quiere decir que aquellos que no logren hacerlo en el corto plazo podrían extinguirse.
Cada vez más estudios advierten sobre este fenómeno que lo mismo afecta a las personas (como señala el artículo Heat stress, a serious threat to reproductive function in animals and humans), que a mascotas (Heat stress and sperm production in the domestic cat), vida marina (Future climate change and marine heatwaves) o animales salvajes (High temperatures during early development reduce adult cognitive performance and reproductive success in a wild animal population), por citar apenas unos pocos de los múltiples casos documentados.
Las implicaciones son muchas, pero el asunto no recibe los titulares que merece, como observó la periodista Naomi Klein al escribir su libro Esto lo cambia todo, donde puede leerse: “La fertilidad es una de las primeras funciones que se resiente cuando los animales son sometidos a estrés y, sin embargo, lo que más me llamó la atención durante esa búsqueda de hechos y datos fue la frecuencia con la que esto sorprendía a quienes lo descubrían por primera vez, incluso entre expertos en ese campo”.
Estamos en un escenario donde no sólo la fauna comienza a mostrar declives reproductivos, sino en el que hasta la viabilidad de la sociedad humana se encuentra en riesgo, pues su seguridad alimentaria depende de la fauna y, debido a este fenómeno, las especies destinadas a nuestro consumo cada vez producen menos crías, carne y leche.
Una de las paradojas —como propone el estudio Will increase in cattle numbers progress to global warming?— es que, para compensar las mermas de un ganado cada vez menos productivo, se busca incrementar la cantidad existente de ejemplares para así satisfacer las demandas del mercado. A la fecha hay cerca de 1.5 billones de cabezas de ganado en el mundo, las cuales aportan el 28 por ciento del total de las emisiones antropogénicas de metano (gas de efecto invernadero), por lo que aumentar ese número nos coloca en una espiral ascendente de la que sólo saldremos si comenzamos a romper paradigmas.
“Se han hecho muchos intentos por frenar el cambio climático y todo ha resultado insuficiente. Con casi toda certeza rebasaremos el límite de los 1.5 grados Celsius, y quizá el de los dos, por lo cual debemos pensar en estrategias útiles para cuando llegue ese momento”.
Cuando el futuro nos alcance
En octubre de 2025, 160 científicos de 23 países (entre los que figura Lorenzo Álvarez Filip, del Instituto de Ciencias del Mar y Limnología de la UNAM) dieron a conocer que, finalmente, el planeta alcanzó su primer punto de inflexión climática, por lo que en breve podríamos atestiguar una muerte masiva de arrecifes de coral, un hecho considerado por los especialistas como la antesala del colapso ambiental.
Lo más probable —como alerta el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente— es que en breve superemos el límite de los 1.5 °C y que, para finales del siglo XXI, lleguemos a los 2.5 grados Celsius, por lo que Hugo Toledo Alvarado subraya que es preciso trabajar, desde hoy, en estrategias para enfrentar la realidad que se avecina.


Entre esos esfuerzos, el investigador describió como “ejemplo a seguir” un proyecto de la Universidad Autónoma de Guerrero encabezado por el doctor Esteban Mireles, en el que, vía cruzamientos y selección por tipo, se han obtenido borregos que prosperan en entornos con poca agua, temperaturas altas y forraje escaso. A fin de identificar los genes que les dan esa resistencia (y para plantear iniciativas similares a nivel nacional), la entidad estableció colaboración con la FMVZ para efectuar un estudio genómico de la población por medio de microarreglos de ADN.
La nueva raza lleva por nombre Mevezug y aprovecha diversas características de las variedades Dorper, Black Belly, Pelibuey y Kathadin, lo que ha permitido obtener ejemplares más productivos y resistentes tanto a enfermedades como a ambientes tan cálidos como los de la llamada “tierra caliente” (zona que abarca Guerrero, Michoacán y Estado de México, en la que la temperatura puede alcanzar los 50 °C).
Además, en esa línea de investigación, el doctor Toledo Alvarado también participa en un proyecto PAPIIT (IA202524) para la selección genética de ganado lechero para disminuir las emisiones de metano en México, el cual desarrolla con apoyo de la UNAM.


“Las razas de ganado que tenemos vienen principalmente de Europa y fueron creadas para climas más fríos. Muchas de las especies autóctonas ya han tenido un proceso de adaptación y les es menos difícil prosperar en condiciones como las que se presentan en territorio nacional. Eso es justo lo que aprovechamos; como resultado, ya hay diversos proyectos encaminados a obtener, por esta vía, borregos, gallinas y cerdos más productivos en condiciones medioambientales cada vez más adversas”.
El clima del planeta está cambiando más rápido de lo esperado y debemos prepararnos, advierte el universitario, quien por lo mismo considera notable que en el país exista el Centro Nacional de Recursos Genéticos (del Instituto Nacional de Investigaciones Forestales, Agrícolas y Pecuarias), un espacio interdisciplinario de investigación con frecuencia descrito como “un arca de Noé de la biodiversidad mexicana”, pues ahí se colecta germoplasma vegetal, animal y microbiano.
“Además de semillas de plantas, se están depositando ovocitos, espermatozoides y embriones animales, ¿con qué propósito? Para tener un banco de reserva por si alguna de estas especies desapareciera”.
La preocupación entre la comunidad científica por las repercusiones del calentamiento global va en aumento. En contraste, a nivel político el tema parece no tener la relevancia de antaño, como se aprecia en el hecho de que algunos países ya comenzaron a recular en sus compromisos ambientales (por primera vez Brasil perforará el tramo final del Amazonas para extraer petróleo) o que primeros mandatarios nieguen el fenómeno (como hizo hace poco Donald Trump, ante la ONU, al describir el cambio climático como “la peor estafa perpetrada contra el mundo”).
El doctor Hugo Toledo Alvarado es enfático al describir el panorama como pesimista, y por eso hace un llamado a adoptar medidas más efectivas. Lo que hemos hecho hasta la fecha ha resultado insuficiente, añade.
“Debemos cambiar muchas de las formas con las que hemos llevado nuestras vidas hasta ahora, romper con nuestra dependencia de los hidrocarburos y modificar nuestros objetivos en cuanto a sostenibilidad y producción de alimentos (tanto de origen animal como vegetal). En otras palabras, tenemos que replantear nuestra relación con el planeta”.



