Por Redacción | RealidadesMx | 18 de marzo de 2026
En política, las fechas pesan. Y el 18 de marzo no es cualquier día. Bajo la sombra histórica de la Expropiación Petrolera de 1938, la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo salió a escena en Pueblo Viejo, Veracruz, con un mensaje claro y contundente: «México no se vende. México no se entrega. México se defiende. Que viva la soberanía energética»
Suena bien. Fuerte. Patriótico. Pero, como suele pasar, el discurso va por un lado… y la realidad por otro.
Desde los patios de una empresa petrolera y arropada por gobernadores, funcionarios y mandos militares, Sheinbaum evocó a Lázaro Cárdenas del Río como si el país siguiera en 1938. Habló de valentía, de nación, de petróleo del pueblo. Y sí, también reconoció a las y los trabajadores petroleros, pieza clave —sin duda— de una industria que sigue siendo estratégica.
Pero en medio de tanta épica, hay datos incómodos que no subieron al templete.

Pdorque mientras se insiste en que la soberanía energética es «irrenunciable», México sigue dependiendo —y mucho— del gas que viene del extranjero. Según cifras oficiales, el 75% del gas natural que consume el país es importado [^1^]. Mientras se presume el fortalecimiento de Petróleos Mexicanos, la petrolera carga con una losa financiera que no se resuelve con discursos ni con aniversarios: en 2025, Pemex reportó pérdidas por 377,000 millones de pesos, su producción de hidrocarburos cayó a 1.63 millones de barriles diarios —el nivel más bajo en 46 años— y mantiene una deuda con proveedores de 517 millones de pesos [^2^].
Eso sí, hubo un momento simbólico: el reconocimiento a Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, figura histórica del nacionalismo energético, a quien se le encargó presidir la nueva Comisión Consultiva del Petróleo [^3^]. Un guiño que busca amarrar pasado y presente en una misma narrativa. La de siempre: el Estado como guardián, el petróleo como bandera.
El problema es que esa narrativa ya no alcanza para explicar el México energético de hoy.
Porque la soberanía del siglo XXI —como bien dijo la propia presidenta— implica recursos, tecnología y capacidad [^4^]. Y ahí es donde empiezan los matices: producción de gas insuficiente, retos financieros, dependencia externa y una transición energética que apenas se menciona.
En pocas palabras: se habla mucho de no vender la riqueza… pero poco de cómo hacerla realmente sostenible.
Mientras tanto, en las instalaciones de Pemex en Lo de Villa, Colima, jubilados del sindicato petrolero protestaban este mismo 18 de marzo. Su demanda: llevan seis meses sin servicios médicos, hospitales sin insumos médico-quirúrgicos, y denuncian el incumplimiento del contrato colectivo de trabajo [^5^]. Un recordatorio incómodo de que entre consignas y aplausos, hay trabajadores abandonados.
El acto en Veracruz fue, en esencia, lo que tenía que ser: un mensaje político bien armado, cargado de historia y dirigido a reforzar una idea poderosa. Pero también dejó claro algo que cada vez pesa más:
👉 La soberanía energética en México sigue siendo más una aspiración que una realidad consolidada.
Y entre consignas y aplausos, esa diferencia —la que hay entre decir y hacer— es la que termina pasando factura.


