Por Lidia Rita Bonilla Delgado/ RealidadesMx
A veces pensamos que los datos son aburridos. Números fríos en tablas de Excel que solo entienden los economistas. Pero la verdad es otra: en América Latina, los datos son territorio de guerra. Y en esa batalla se decide qué problemas vemos y cuáles seguimos ignorando como si no existieran.
Lo que no se cuenta, no existe
Imagina que durante años nadie te preguntara cuánto trabajas, cuánto ganas o si te pegan en casa. Eso es exactamente lo que le pasó a millones de mujeres en esta región. Si no hay estadísticas, el problema no entra en la agenda. Es como si la desigualdad fuera invisible porque nadie se tomó la molestia de medirla.

El Observatorio de Igualdad de Género de CEPAL soltó una cifra que duele: una de cada cuatro mujeres en América Latina no tiene ingresos propios. Entre los hombres, es uno de cada diez. Esa diferencia no es casualidad; es el resultado de décadas de trabajo invisible que nadie contabilizaba.
El trabajo que sostiene todo y nadie paga
Hablemos del elefante en la habitación: el trabajo de cuidados. Durante años, cuidar niños, enfermos y ancianos fue considerado «asunto de mujeres» y punto. No era economía, no era productivo, no importaba para las estadísticas oficiales.
Hasta que alguien decidió medirlo. Y los números hablaron alto:
- El trabajo doméstico y de cuidados no remunerado representa entre el 19% y 27% del PIB de la región.
- Las mujeres hacen el 74% de ese trabajo.
- Más de la mitad de las mujeres que no están en el mercado laboral se dedican exclusivamente a estas tareas.
¿Se dan cuenta? Casi una cuarta parte de toda la riqueza que producimos depende de trabajo que no pagamos y que, casualmente, recae sobre las mujeres. Cuando esos datos salieron a la luz, el debate cambió. De repente, los gobiernos tuvieron que explicar por qué no había guarderías públicas, por qué no había licencias de paternidad, por qué el cuidado seguía siendo «problema privado».
Los datos también mienten (o los hacen mentir)
Aquí viene lo peliagudo. Tener datos no es suficiente. El verdadero problema es quién los interpreta, quién decide qué publicar y qué esconder.

En varios países de la región, organizaciones feministas y periodistas han denunciado cosas graves:
- Manipulación política: datos que se maquillan para que todo parezca mejor de lo que está.
- Retrasos sospechosos: estadísticas incómodas que tardan años en publicarse.
- Indicadores que desaparecen: de repente, dejan de medir ciertos temas «porque ya no son prioridad».
- Bases de datos inaccesibles: la información existe, pero está guardada bajo siete llaves.
Y hay otro problema: a veces los datos existen, pero no llegan a quienes toman decisiones. Tienes estudios perfectos acumulando polvo en alguna biblioteca mientras los congresos discuten leyes sin evidencia.
La rebelión de los datos
Frente a todo esto, ha surgido algo emocionante: el activismo de datos. Periodistas, organizaciones civiles y académicos dijeron «ya basta» y se pusieron a trabajar juntos.
¿Qué hacen? Cosas como:
- Analizar bases de datos públicas que los gobiernos no quieren analizar.
- Crear visualizaciones que cualquiera puede entender (no solo los expertos).
- Revelar desigualdades ocultas que las estadísticas oficiales no muestran.
- Organizar datatones donde la gente común aprende a usar datos para exigir derechos.
La lógica es simple y poderosa: los datos solo cambian la realidad cuando se convierten en conocimiento que todos podemos usar, y ese conocimiento se transforma en presión para que las autoridades actúen.
¿Y ahora qué?
La pelea por los datos públicos en América Latina no es técnica; es profundamente política. Quien controla la información controla el relato sobre la desigualdad. Controla qué problemas vemos y cuáles seguimos ignorando.
Por eso, democratizar el acceso a los datos no es un lujo de nerds. Es una condición básica para tener sociedades más justas. Necesitamos sistemas estadísticos nacionales fuertes, independientes y bien financiados. Necesitamos que la información sea pública, accesible y usable.
La pregunta que nos deja este tema es directa: ¿Estamos dispuestos a defender nuestros datos con la misma pasión con la que defendemos otras libertades? Porque al final del día, los números no son abstractos. Detrás de cada estadística hay una historia real, una vida real, una desigualdad real que necesita ser vista para poder ser corregida.
Y eso no es aburrido. Es urgente.

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