🟤 Por Lidia Rita Bonilla Delgado
A ras del suelo, el día empieza con el transporte lleno e insuficiente, la clínica sin citas a pesar de madrugar para ser de las primeras acostadas en la puerta y la colonia esperando agua. En Tamaulipas la vida no tiene reflectores: tiene grandes baches en las ciudades fronterizas, la capital, y en Ciudad Madero, en el sur; miedo persistente en carreteras donde el viaje sigue siendo una apuesta. Aquí la preocupación no es el discurso del día, sino llegar y volver, sobrevivir a lo cotidiano.
Mientras eso ocurre, el mundo se mueve a golpe de decisiones tomadas lejos. Estados Unidos anuncia ataques “quirúrgicos” en Siria; Europa se organiza para responder a amenazas arancelarias de Donald Trump. El lenguaje es de fuerza, firmeza y control. Todo suena estratégico. Pero a ras del suelo, esas disputas globales se sienten de otra forma: en mercados nerviosos, precios que suben, economías locales que resienten cualquier sacudida internacional.
En ese mismo plano del poder, esta semana la presidenta Claudia Sheinbaum se reunió con economistas en Palacio Nacional para hablar de crecimiento y fortaleza económica, con promesas de bienestar, prosperidad compartida y justicia social. Arriba se discuten cifras, modelos y escenarios. Abajo, la economía se mide en el salario que no alcanza, en el hospital que no da abasto y en el empleo que existe, pero no siempre dignifica.
El problema no es la guerra, ni la reunión, ni el discurso en sí. Es estructural: la política se ha vuelto espectáculo y narrativa. Importa más cómo suena que cómo impacta. Se gobierna para el comunicado, la conferencia o la red social, mientras la realidad avanza sin esperar. Cuando eso pasa, la ciudadanía deja de ser sujeto de derechos y se convierte en audiencia paciente.
En Tamaulipas el contraste es evidente. Se habla de coordinación y estrategia, pero los municipios siguen parchando servicios básicos. Se presume control y crecimiento, mientras el comercio pequeño vive entre la incertidumbre y la extorsión silenciosa. La economía “fuerte” no siempre llega a la colonia ni al bolsillo, y la seguridad se vive más como deseo que como certeza.
A ras del suelo no se piden milagros, ni discursos duros, ni diagnósticos brillantes. Se pide coherencia. Que la política deje de hablar tan fuerte y empiece a escuchar. Que las decisiones internacionales, nacionales y locales se reflejen en la mesa, en la calle y en la tranquilidad diaria. Porque el aplauso no da seguridad, la retórica no llena hospitales y la fortaleza económica no existe si no se nota en la vida real.


