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Por Lidia Rita Bonilla Delgado
Desde abajo, el mundo se ve distinto. No porque falten datos, sino porque sobran discursos. A ras del suelo no se escuchan las cumbres diplomáticas con traducción simultánea, pero sí el eco de sus consecuencias: inflación que cruza fronteras más rápido que los acuerdos, guerras que se narran en mapas y se sufren en mercados, y líderes globales que se dan la mano mientras el ciudadano común hace malabares con la quincena.
En el escenario internacional, la normalización del caos ya no escandaliza. Conflictos prolongados, tensiones geopolíticas en piloto automático y democracias que se dicen fuertes mientras afinan excusas para recortar libertades. Todo se justifica en nombre de la seguridad, la estabilidad o el “contexto global”. Palabras grandes para explicar por qué, otra vez, los costos bajan… pero solo hacia abajo.
A ras del suelo, lo internacional no es abstracto: es el precio del combustible, el dólar que sube “sin razón aparente” y la sensación de que el mundo se reorganiza sin preguntar a quién deja fuera.
En casa, el panorama nacional no se queda atrás. México avanza —nos dicen—, aunque a veces no queda claro hacia dónde ni para quién. El discurso oficial presume transformaciones históricas mientras la vida cotidiana sigue atrapada entre trámites eternos, promesas recicladas y una narrativa que confunde crítica con traición.
La política nacional se ha vuelto una competencia de relatos: quién cuenta mejor la realidad, no quién la mejora. Se gobierna con conferencias, se legisla con consignas y se administra la inconformidad a golpe de explicación. Todo es épico, todo es histórico, todo es «nunca antes»… salvo los problemas, que son viejos conocidos.
A ras del suelo, la gente no debate reformas constitucionales: debate si alcanza para el mes, si el transporte llega, si el médico estará, si la seguridad es una promesa o un riesgo. Ahí no hay polarización ideológica, hay cansancio práctico.
En el plano estatal, la historia se repite con variaciones locales. Gobiernos que presumen cercanía mientras se blindan en oficinas; agendas públicas que avanzan en PowerPoint, pero tropiezan en la calle; discursos que prometen futuro mientras el presente se administra con parches.
Todo parece urgente, pero nada se resuelve del todo. Se inaugura, se anuncia, se posa para la foto. Luego, silencio administrativo. El problema no es la falta de trabajo, sino la falta de consecuencias cuando el trabajo no se nota.
A ras del suelo, el estado se siente cuando funciona… y se padece cuando no. Y aquí, demasiadas veces, la política se parece más a una simulación bien ensayada que a una solución efectiva.
Y llegamos al sur de Tamaulipas, donde la política se vive con calor, humedad y memoria larga. Aquí todo se sabe, aunque no todo se diga. Los anuncios suenan ambiciosos, los compromisos abundan y las explicaciones sobran cuando faltan resultados.
El sur no necesita más discursos optimistas; necesita decisiones claras. No requiere más diagnósticos; requiere ejecución. La ciudadanía ya entendió el problema: lo que espera es la solución. Y si no llega, al menos la honestidad de reconocerlo.
A ras del suelo, la gente distingue perfectamente entre quien gobierna y quien administra el micrófono. Entre quien resuelve y quien promete. Entre quien pisa la calle y quien solo la menciona.
Esta columna nace para mirar desde ahí: desde abajo, desde lo cotidiano, desde donde las políticas públicas dejan de ser conceptos y se vuelven experiencias. Sin solemnidad innecesaria, sin reverencias automáticas y con la ironía justa para sobrevivir al absurdo.
Porque cuando el poder se eleva demasiado, conviene recordarle que, tarde o temprano, todo cae… y siempre aterriza a ras del suelo.

