A días del 8 de marzo, la especialista en igualdad de género Elena Olascoaga lanzó una advertencia directa a gobiernos y empresas: si el mensaje que preparan para el Día Internacional de las Mujeres podría repetirse el Día de la Madre, no es un mensaje para el 8M.
La observación no es menor. Cada año, instituciones públicas y privadas despliegan campañas que exaltan el “esfuerzo”, el “sacrificio” o la “fortaleza” de las mujeres, pero evitan hablar de brecha salarial, segregación ocupacional, acoso laboral o falta de acceso a puestos de decisión. Es decir, celebran sin incomodar.
Olascoaga sostiene que los discursos deben incorporar lenguaje de derechos humanos, datos sobre desigualdades reales y compromisos verificables. Sin rendición de cuentas, el 8M corre el riesgo de convertirse en un acto protocolario más, útil para la imagen institucional pero vacío de transformación estructural.
La crítica apunta a una práctica recurrente: sustituir políticas públicas con gestos simbólicos. Regalos conmemorativos, reconocimientos sin presupuesto asignado o campañas digitales que agradecen “todo lo que hacen” las mujeres, mientras persisten condiciones laborales desiguales y sobrecarga de cuidados no remunerados.
Romantizar a las mujeres como “superheroínas” —advierte— no solo invisibiliza las brechas, sino que normaliza las barreras estructurales. El mensaje implícito es claro: resistir más, en lugar de cambiar las reglas.
El 8M no es una fecha de marketing institucional ni de felicitación. Es una jornada histórica de memoria y exigencia política. Y mientras los discursos sigan evitando compromisos medibles, la conmemoración seguirá siendo cómoda para el poder y limitada para la igualdad.
8M: El riesgo de convertir la exigencia en felicitación institucional

